Acerca de Sandra Guerrero

Morena, pelo rizado, 22 años. Estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas. Adicta al spinning pero torpe sobre las bicicletas no estáticas.

Suki (Puñetazo)

No conozco a nadie que no haya quedado impresionado al ver una escena de artes marciales: ya sea en una película, en directo o en youtube siempre se nos escapa algún “¡Oh!“, “¡Wow!” y exclamaciones varias.

Llevaba mucho tiempo queriendo probarlas, en particular el karate: no soy una persona impresionable pero reconozco que esta disciplina me impactó. Hoy he tenido la oportunidad de participar en una sesión de entrenamiento del estilo Shito-Ryu y, a pesar de que deberían amputarme el dedo gordo de cada pie, debo decir que lo añado a mi larga lista de favoritos.

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Mi experta guía personal (la karateka del cinturón verde, a la izquierda por si el daltonismo) me ha ayudado a realizar correctamente esta postura, el shiko dachi, en la que es fácil fallar si se abren demasiado los pies o se flexionan las rodillas en exceso.

El karate es más que un deporte, es una filosofía de vida: requiere una gran concentración, fuerza y equilibrio (además de una excelente condición física). No basta con  nombrar la pasión y la disciplina de aquellos que lo practican; entrenan su mente a la vez que el cuerpo, para dominar cada movimiento y cada golpe con la máxima precisión.

Yo, humilde intrusa e inexperta, he tenido la suerte de contar con la ayuda de una persona magnífica: ella fue quien me ofreció la oportunidad de experimentar el control de cada postura, cada golpe y cada gesto. Gracias Maika.

¡Oss!

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Clásicos deportivos: Aerobic

El mundo del deporte es de lo más variado: hay actividades para todos los gustos, capacidades y niveles. Sin embargo, en cuestión de género podría especular que casi el 50% de la actividad física femenina occidental se basa en el aerobic. Mi primer contacto con esta disciplina fue (al igual que muchísimas otras mujeres) en el calor del hogar a través de uno de los muchos vídeos entrañables de Jane Fonda, la archi-conocida embajadora de esta actividad.

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Esta actividad debe su fama a la actriz Jane Fonda y a su amplia colección de vídeos para practicar aerobic en casa.

No puedo evitar sonreír al recordar la meticulosa preparación del material, del “vestuario” y los brincos alrededor del comedor. Sólo hay que fijarse en la ropa (en fin, no hace falta decir que no cumple con el requisito de ‘cómoda’ y ‘transpirable’…) para pensar que este deporte no es apto para hombres. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando, al llegar a la primera “clase real” en el gimnasio, vi que el monitor era un chico! A día de hoy pienso que nadie lo puede hacer mejor que él. Nada que ver con este simpático grupillo, pero por algo se empieza ¿no?

Chicos, animaos: seguro que vosotros también lo pasáis bien moviendo el esqueleto.

“Esos locos que corren”

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Ningún otro texto nos describe mejor.

“Yo los conozco. Los he visto muchas veces. Son raros. Algunos salen temprano a la mañana y se empeñan en ganarle al sol. Otros se insolan al mediodía, se cansan a la tarde o intentan que no los atropelle un camión por la noche. Están locos. En verano corren, trotan, transpiran, se deshidratan y finalmente se cansan… Sólo para disfrutar del descanso. En invierno se tapan, se abrigan, se quejan, se enfrían, se resfrían y dejan que la lluvia les moje la cara. Yo los he visto. Pasan rápido por la rambla, despacio entre los árboles, serpentean caminos de tierra, trepan cuestas empedradas, trotan en la banquina de una carretera perdida, esquivan olas en la playa, cruzan puentes de madera, pisan hojas secas, suben cerros, saltan charcos, atraviesan parques, se molestan con los autos que no frenan, disparan de un perro y corren, corren y corren. Escuchan música que acompaña el ritmo de sus piernas, escuchan a los horneros y a las gaviotas, escuchan sus latidos y su propia respiración, miran hacia delante, miran sus pies, huelen el viento que pasó por los eucaliptos, la brisa que salió de los naranjos, respiran el aire que llega de los pinos y entreparan cuando pasan frente a los jazmines.

Yo los he visto. No están bien de la cabeza. Usan championes con aire y zapatillas de marca, corren descalzos o gastan calzados. Traspiran camisetas, calzan gorras y miden una y otra vez su propio tiempo. Están tratando de ganarle a alguien. Trotan con el cuerpo flojo, pasan a la del perro blanco, pican después de la columna, buscan una canilla para refrescarse… y siguen. Se inscriben en todas las carreras… pero no ganan ninguna. Empiezan a correrla la noche anterior, sueñan que trotan y a la mañana se levantan como niños en día de Reyes. Han preparado la ropa que descansa sobre una silla, como lo hacían en su infancia en víspera de vacaciones. El día antes de la carrera comen pastas y no toman alcohol, pero se premian con descaro y con asado apenas termina la competencia. Nunca pude calcularles la edad pero seguramente tienen entre 15 y 85 años. Son hombres y mujeres.

No están bien. Se anotan en carreras de ocho o diez kilómetros y antes de empezar saben que no podrán ganar aunque falten todos los demás. Estrenan ansiedad en cada salida y unos minutos antes de la largada necesitan ir al baño. Ajustan su cronómetro y tratan de ubicar a los cuatro o cinco a los que hay que ganarles. Son sus referencias de carrera: ‘Cinco que corren parecido a mí’. Ganarle a uno solo de ellos será suficiente para dormir a la noche con una sonrisa. Disfrutan cuando pasan a otro corredor… pero lo alientan, le dicen que falta poco y le piden que no afloje. Preguntan por el puesto de hidratación y se enojan porque no aparece. Están locos, ellos saben que en sus casas tienen el agua que quieran, sin esperar que se la entregue un niño que levanta un vaso cuando pasan. Se quejan del sol que los mata o de la lluvia que no los deja ver. Están mal, ellos saben que allí cerca está la sombra de un sauce o el resguardo de un alero. No las preparan… Pero tienen todas las excusas para el momento en que llegan a la meta. No las preparan… Son parte de ellos.

‘El viento en contra’, ‘no corría una gota de aire’, ‘el calzado nuevo’, ‘el circuito mal medido’, ‘los que largan caminando adelante y no te dejan pasar’, ‘el cumpleaños que fuimos anoche’, ‘la llaga en el pie derecho de la costura de la media nueva’, ‘la rodilla que me volvió a traicionar’, ‘arranqué demasiado rápido’, ‘no dieron agua’, ‘al llegar iba a picar pero no quise’. Disfrutan al largar, disfrutan al correr y cuando llegan disfrutan de levantar los brazos porque dicen que lo han conseguido. ¡Qué ganaron una vez más! No se dieron cuenta de que apenas si perdieron con un centenar o un millar de personas… Pero insisten con que volvieron a ganar. Son raros. Se inventan una meta en cada carrera. Se ganan a sí mismos, a los que insisten en mirarlos desde la vereda, a los que los miran por televisión y a los que ni siquiera saben que hay locos que corren. Les tiemblan las manos cuando se pinchan la ropa al colocarse el número, simplemente porque no están bien.

Los he visto pasar. Les duelen las piernas, se acalambran, les cuesta respirar, tienen puntadas en el costado… Pero siguen. A medida que avanzan en la carrera los músculos sufren más y más, la cara se les desfigura, la transpiración corre por sus caras, las puntadas empiezan a repetirse y dos kilómetros antes de la llegada comienzan a preguntarse que están haciendo allí. ¿Por qué no ser uno de los cuerdos que aplauden desde la vereda? Están locos. Yo los conozco bien. Cuando llegan se abrazan de su mujer o de su esposo que disimulan a puro amor la transpiración en su cara y en su cuerpo. Los esperan sus hijos y hasta algún nieto o algún abuelo les pega un grito solidario cuando atraviesan la meta. Llevan un cartel en la frente que apaga y prende que dice ‘Llegué –Tarea Cumplida’. Apenas llegan toman agua y se mojan la cabeza, se tiran en el pasto a reponerse pero se paran enseguida porque lo saludan los que llegaron antes. Se vuelven a tirar y otra vez se paran porque van a saludar a los que llegan después que ellos. Intentan tirar una pared con las dos manos, suben su pierna desde el tobillo, abrazan a otro loco que llega más transpirado que ellos.

Los he visto muchas veces. Están mal de la cabeza. Miran con cariño y sin lástima al que llega diez minutos después, respetan al último y al penúltimo porque dicen que son respetados por el primero y por el segundo. Disfrutan de los aplausos aunque vengan cerrando la marcha ganándole solamente a la ambulancia o al tipo de la moto. Se agrupan por equipos y viajan 200 kilómetros para correr 10. Compran todas las fotos que les sacan y no advierten que son iguales a las de la carrera anterior. Cuelgan sus medallas en lugares de la casa en que la visita pueda verlas y tengan que preguntar. Están mal. -Esta es del mes pasado- dicen tratando de usar su tono más humilde. –Esta es la primera que gané- dicen omitiendo informar que esa se la entregaban a todos, incluyendo al que llegaba último y al inspector de tránsito. Dos días después de la carrera ya están tempranito saltando charcos, subiendo cordones, braceando rítmicamente, saludando ciclistas, golpeando las palmas de las manos de los colegas que se cruzan. Dicen que pocas personas por estos tiempos son capaces de estar solos -consigo mismo- una hora por día.

Dicen que los pescadores, los nadadores y algunos más. Dicen que la gente no se banca tanto silencio. Dicen que ellos lo disfrutan. Dicen que proyectan y hacen balances, que se arrepienten y se congratulan, se cuestionan, preparan sus días mientras corren y conversan sin miedos con ellos mismos. Dicen que el resto busca excusas para estar siempre acompañado. Están mal de la cabeza. Yo los he visto. Algunos sólo caminan… pero un día… cuando nadie los mira, se animan y trotan un poquito. En unos meses empezarán a transformarse y quedarán tan locos como ellos. Estiran, se miran, giran, respiran, suspiran y se tiran. Pican, frenan y vuelven a picar. Me parece que quieren ganarle a la muerte; ellos dicen que quieren ganarle a la vida. Están completamente locos.

Marciano Durán

10.000 metros

La primera vez que salí a correr juré que era la última: aguanté 12 minutos al trote, dí media vuelta y volví a casa. Me pregunté cómo era posible que tanta gente disfrutara corriendo; para mi no era más que una tortura voluntaria. A día de hoy sigue sin ser mi pasatiempo favorito, pero ya entiendo por qué la gente corre.

Este domingo pasado participé en la Cursa de El Corte Inglés, mi primera prueba de 10 km (en realidad casi 11…).

ImagenA los que aún no os habéis animado a participar os daré el mejor de los motivos para hacerlo: la vuelta por la pista del estadio olímpico. Al entrar por el túnel que lleva al interior del estadio oyes los gritos de triunfo; ves la sonrisa de los que salen, su euforia, que ponen la mano para chocártela antes de seguir. Y cuando entras… Sientes que no eres más que una insignificante persona en la inmensidad del recinto. La pista es blanda, y entonces recuerdas a los grandes atletas que han competido en esas calles. Te invade la euforia, y pasas a formar parte de los que salian gritando por el túnel minutos antes.

Es una sensación increíble: te invade, te aturde, y en ese momento te crees capaz de correr el maratón.

|| (Pausa)

Viernes, viernes… ¡El día más esperado, el final de la semana laborable, la promesa de 48h de ocio! Hoy es viernes, y yo estoy con las pilas descargadas.

Al iniciar una rutina constante de entrenamiento a algun@s se nos olvida que no somos máquinas: nos acostumbramos a cierto ritmo de actividad, y a veces no percibimos que nuestro cuerpo nos pide un respiro. Igual que organizamos nuestro tiempo para ir al gimnasio también tenemos que programar días de descanso.

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No se vosotros, pero yo después de 3 días seguidos de trabajo me concedo un break; sólo que esta semana se me ha ido de las manos 😉

Cuestión de tiempo

¿Os suena la frase “yo no tengo tiempo para hacer ejercicio“? El horario es uno de los factores más importantes al iniciarse en la práctica deportiva. Mañana, mediodía, tarde o noche… Cualquier franja es buena, aunque todos hemos oído alguna vez las ventajas de entrenar a una hora u otra.

Hora de hacer ejercicio

Yo me confieso animal nocturno: madrugar me resulta muy difícil (por no decir imposible). Siempre hago ejercicio a última hora de la tarde, pero hoy he hecho un esfuerzo y he ido al gimnasio por la mañana.

Resultado: dejando a un lado la pereza, el hambre y las legañas, es una fórmula magnífica para empezar bien el día ya que nos sentimos más descansados y activos a primera hora (no en mi caso, que soy un zombie). Lo único realmente negativo es la aglomeración en el vestuario.

Por otra parte, no hay nada más desestresante que finalizar el día con una hora de cardio: liberas la tensión acumulada y al llegar a casa vas dirextamente a la cama.

¡Vosotros elegís!

“Ponerte en una…

Cita

“Ponerte en una excelente forma física es una de las decisiones más sabias que puedes tomar. El ejercicio te proporcionará mejor aspecto, hará que te sientas más fuerte y te concederá energía sin límite. Permanecer en forma te hará ser más feliz.”
Robin S. Sharma

Con este fragmento me he quedado al releer Éxito. Una guía extraordinaria